Usos del semejante

Cuenta Homero que Odiseo, en su largo regreso a Ítaca, cae prisionero del Cíclope y que en esa circunstancia invoca la ley de hospitalidad para salvar a su tropa y a sí mismo. Aquel se niega y dice que se comerá a todos.

La comensalidad, la comida totémica son posibles por una ley que se impone como obediencia al padre que ya no está, pero el cíclope rechaza la ley e intenta imponer su voluntad de consumir a los marineros, intenta revertir el tiempo y ser él la excepción que fue el padre de la horda primitiva.

Sin embargo, todo el poder y la violencia del ciclope Polifemo y de sus hermanos no son suficientes para sortear el engaño de Odiseo que le dice que su nombre es Nadie. El cíclope pide ayuda cuando es certeramente atacado por Odiseo. Los hermanos de la bestia ríen cuando escuchan: Nadie me atacó, Nadie se escapa

Un regalo de Homero que afirma que la cultura nos salva a condición de ser… nadie…de no ser la excepción, de respetar la ley de hospitalidad.

Pero también Homero resuena con nuestras referencias freudianas sobre la comida totémica, el asesinato del padre, el nacimiento de la ley, ocasión de tantas puntuaciones y también más lejanamente de un  sueño memorable de Freud: reunión de invitados o mesa redonda.…

¿Cómo no encontrar en esto resonancias lacanianas tales como el Seminario de la Transferencia basado en el Banquete de Platón y su indicación en el seminario 1 de que al analista le toca aprender el arte del buen cocinero?. Dice allí que este sabe cortar por la articulación de la menor resistencia. Esto es, que el corte, en nuestro caso del discurso, tiene articulaciones y es en ellas que debe realizarse. Sin ese saber hacer que se alimenta de la sorpresa de que el Otro habla en él, el analista cortaría brutalmente, quizás por el hueso, seguramente haciendo mucha fuerza, poniendo mucha voluntad.

En la misma vía se presenta el libro Apuntes de cocina de Leonardo da Vinci, a la sazón un código cultural, un libro de gramática de la cocina, de reglas ortográficas del comer. Debo decir que encontré en él un corte al estilo del buen cocinero en relación con la excepción y la cultura que arrojó luces y sombras sobre algunas cuestiones de la clínica y el semejante.

La invención de la servilleta, un signo de amor

 

Dice Leonardo: Me parece indigna de los tiempos presentes la costumbre de mi señor Ludovico de atar conejos a las sillas de los invitados para que aquellos puedan limpiarse la grasa de las manos en el lomo de los animales. Además, cuando después de la comida los animales son recogidos y llevados al lavadero, contaminan la otra ropa con la que se los lava con su hedor.

Asimismo tampoco puedo comprender la costumbre que tiene mi señor de limpiar su cuchillo en la ropa de sus compañeros de mesa. ¿Por qué no lo hace como el resto de los miembros de la corte en el mantel?

La preocupación de Leonardo afirma que es indigno que el compañero de mesa se transforme en un conejo que sirve para limpiarse la grasa de las manos. Indigno hacer del semejante un conejo, indigno el uso que Ludovico hace del que tiene al lado al usarlo para limpiarse.

Y más adelante:

Después de observar atentamente los manteles de Mi Señor cuando los invitados ya se han retirado del salón, y hallándome frente a tan desoladora escena, que recuerda los resultados de una gran batalla, me parece prioritario, antes que cualquier retablo o caballo, encontrar una alternativa para conservarlos limpios.

Ya he encontrado una. Creo que en la mesa debiera cada uno tener su propio paño que, una vez sucio de limpiar en el las manos y cuchillos, podría doblarse para no profanar la imagen de la mesa con tal suciedad. Sin embargo, ¿Qué nombre darle a tales paños?

De todas formas, antes de la servilleta incluso, ¿por qué limpiarse sino porque los diques del pudor se han erigido cumpliendo con el deseo del Otro que ha marcado ya su paso? Ludovico no es un perverso que se limpia en el otro solo por ensuciarlo sino un neurótico atrapado ya en las redes del deseo de ubicarse en el lugar de la excepción, cuyo norte finalmente puede contentarse perfectamente con la servilleta y recluirse quizás más íntimamente con la conciencia de que finalmente deberá limpiarse solo…

Esta incursión de Leonardo parece haber tenido ecos importantes en las cortes de la época puesto que un tal Pietro Alemanni, embajador florentino en Milán, se refiere a este intento en uno de sus informes en 1491:

…envío detalles de la carrera del Maestro Leonardo en la corte del Señor Ludovico. Últimamente ha abandonado sus esculturas y la geometría y se ha dedicado al problema de los manteles del señor Ludovico, cuya suciedad le ha causado gran angustia. Su solución al problema es un paño individual colocado sobre la mesa frente a cada invitado y que, según dijo, estaban destinados a ser ensuciados en vez del mantel. Pero,…, nadie sabía como utilizarlos. Algunos se sentaron sobre ellos, otros se limpiaron la nariz, otros se los arrojaban entre ellos. Otros envolvían viandas y las guardaban en las bolsas y los bolsillos Una vez que la comida terminó, el mantel estaba sucio como de costumbre, y el Maestro me confesó su desolación al ver que su invento nunca prosperará.

Sorprende pensar que para alguien tan ocupado en las artes, las ciencias y las últimas conquistas del pensamiento como Leonardo el asunto servilletas haya sido tan determinante como para dejar sus esculturas y la geometría. Determinante era poner cierto orden en el descontrol, en el exceso de los asistentes  a los banquetes; y en Ludovico mismo para poder pensar… en otra cosa. No se trataba de cumplir con un encargo de su amo sino de resolver algo que lo angustiaba especialmente. Es preciso resolver eso para que la cultura sea posible.

Más allá del éxito inmediato de la servilleta, su función de corte es patente en relación a la desmesura del goce de los comensales.

Hoy el invento de Leonardo se generalizó con el nombre que algún Adán le puso. Un nombrar desvalorizado pero que sin embargo se mantiene más allá del imaginario adjetivar como bueno o malo.

 

Así los relatos, la suma innumerable de las cosas que un analizante evoca, que dice, no dice, que repite, que vocifera o que calla encierran una complejidad que no puede prescindir de la necesidad de encontrar un corte, de algo que al modo de la servilleta de Leonardo irrumpa en los espacios de su desorden pulsional y de la voracidad del superyó y haga de eso un banquete con sus reglas  (algo que envuelva con sus pliegues el goce)

 

Cierta vez, había una vez, érase una vez, eufemismos para marcar un comienzo (de cuento, de una ficción o no), había una vez entonces un analista en formación y un paciente muy joven. El analista por propia elección iba a un servicio hospitalario a atender y formarse y el joven era llevado para ser atendido porque solo ladraba e insultaba, también maldecía los orines y los excesos de hombres y bestias tales como un pajarito de su propiedad.

El joven comenzó a ir con ganas y por su cuenta al servicio hospitalario después de que el analista le señalara algo que tuvo al parecer mucha importancia. A una larga lista de nombres de animales inmundos y reprensibles que el joven iba enumerando, el analista respondía que eran domesticables (y por lo tanto: ¿humanizables como el?) pero cuando llegó el turno de la cebra el analista en formación se escuchó decir con mucha seguridad: No, no es domesticable.

 

Quizás por las rayas, quizás por la intención de circunscribir la bestialidad y el exceso a un tímido e inofensivo pariente del burro como es la cebra, ¿quién sabe que fue lo que se hizo escuchar allí? Puedo decir por eso que dicha afirmación no fue pronunciada sin sorpresa. Por eso inicialmente  eso lo sumió en el silencio mientras que el joven comenzó a deleitarse con el cierre de esa serie interminable de animales. A partir de allí quedaba fuera del espacio que ellos habitaban una especie no domesticable, allá lejos, una amenaza, lejos.

 

Se inició entonces una sucesión de nuevos encuentros en los que el mal siempre se rendía a la estructura de algún juego o a un ardid diplomático que hacía pasar la guerra y el desenfreno por las palabras o por el intercambio de montañas de cartas ofensivas pero también in-ofensivas. Jugábamos los dos puestos a resguardo del peligro Real, de ser consumidos por la guerra…

Fue allá lejos y hace tiempo, durante Malvinas y un tiempo después cuando al analista en formación también le toco atender a otro joven que venía de combatir allí y de ser herido en el vientre, un conscripto del Gral. Belgrano. El combatiente vino solo, vino porque estaba  invadido por la angustia y la idea de matarse, invadido por el recuerdo de los maltratos padecidos incluso de parte de sus superiores, encontrándose a la vuelta con las puertas que antes se abrían cerradas.

Uno y otro paciente dejaron en mí marcas estructurantes, formativas que hacen a la función del psicoanálisis  en relación a la cuestión del semejante y sus usos pero sobretodo al límite que impone la ley de hospitalidad desde la noche de los tiempos. Uno y otro paciente afectados por el goce de un invasor desmesurado. El joven amenazado por las bestias y el combatiente por un enemigo interno sumado al externo que usó la sangre de los conscriptos para perpetuarse.

El joven que aullaba solo en el techo de su casa y carecía de semejante encontró el camino para que este no se transforme en una cruza de soldado inglés con Cíclope por la vía de un juego capaz de enviar lejos al enemigo, a un país lejano, al que solo llegan las cartas de los niños, para poder él quedarse aquí con sus nuevos amigos. El combatiente, al revés y como Odiseo, tuvo que encontrar la causa deseante de su retorno para poder luchar por la novia que dejó antes de embarcar en el Belgrano.

La insuficiencia de la ley y el amor

Una lucha que exige aceptar la voluntad de ella para perseverar en el intento pero que también marca la insuficiencia de la ley para regular un goce que en femenino puro se dice Dictadura. Esto es cuando un ojo está perdido pero el Otro no para de mirar.

El ojo perdido, el de la cultura, es el necesario para sorprender la anamorfosis que la época de Leonardo comienza a descubrir, los cambios de perspectiva   por ejemplo que Velazquez apunta en Las Meninas, cuadro que diríamos hace de cualquier espectador un rey, un ser excepcional pero que al mismo tiempo destrona al instante a quién lo mira.

 

Para quienes no lo tienen presente, Velázquez aparece retratado en el cuadro pintando él mismo a quién se supone tendría en frente que serían los reyes de España. Pero, en rigor, frente a él estamos los que observamos el cuadro. Parece retratar a los reyes de España pero el efecto del cuadro es que está retratando a quién se para enfrente. Dicha ambigüedad hace que por un momento pensemos que somos el objeto de su pasión pictórica pero…

Pero, diremos, que mientras habitamos esa ambigüedad somos los reyes de España, somos la excepción, aunque también somos nosotros, los que íbamos al hospital a formarnos, los que nos sorprendemos y somos el pueblo común que uno a uno a lo largo de los años visitamos el museo que lo alberga o los que lo vemos en la sucesivas reproducciones.  Velazquez retrata con un gesto indescifrable para la época la caída hacia lo común de las figuras Reales de su dependencia, el fin de las monarquías: ¿su cuadro dice tal vez que los reyes de España, que por un instante nos figuramos ser nosotros, somos/son en realidad Nadie?, ¿Nadie para el “goce del otro”?…

 

Guillermo Vilela

27 de octubre 2013

guillermovilela@yahoo.com.ar