Retrato De Las Pasiones Malditas

No abrigan la esperanza de la muerte

Y en su ceguera, que vileza amasa

Torpes envidian cualquier otra suerte


Torpe gente que nunca estuvo viva

Dante Divina Comedia Canto III, 45


Vivimos una época en la que ciertas pasiones predominan quizás sobre otras. Pasiones que ayer se aplacaban en las plegarias y hoy, desnudas van a la guerra.

Pasiones alegres, pasiones tristes, apetito racional, pulsión, pasión del significante, pasión de la ignorancia, orificios de la falta por donde el sujeto de la enunciación entra en el enunciado dicen que no hay sujeto pensable sin pasión.

No todas las pasiones diremos, no todas son malditas. Tras su pista, buscamos en textos y en nuestras experiencias clínicas.  En esa búsqueda, la sorpresa de encontrar algo que las une, un factor común que encuentro en algunos textos a los que me voy a referir.

Dos cuentos de Borges: Emma Zunz que ubica a la ignorancia y al “nuevo conocimiento” como un fondo sobre el que se despliega la pasión de la venganza.

El Otro Duelo un texto en el que da una versión de nuestra cultura rioplatense, de la barbarie instalada en su núcleo fundacional hecho de coraje y venganza. No hay aquí duda ni nuevo conocimiento: se trata del Ser.

El Retrato de Dorian Gray trasluce en la pasión por la eterna juventud su fondo vengativo; el de su repulsa al tiempo sostenida en la moral de lo oculto y lo evidente. Es una novela que anticipa con precisión el final de Wilde, y la degradación a la que lo conduce volverse el instrumento de una venganza.

La articulación de Venganza e Ignorancia ilumina por otra parte nudos que se encuentran en algunos análisis, sombras, destinos funestos o vidas ancladas esterilizadas en el espíritu de venganza.

El tiempo no transcurre, todo está allí pleno de presente, el destino no se encuentra en un extremo de la flecha del tiempo sino acá en la inmediatez del dicho.

Estos textos también iluminan el efecto de la repetición como Nuevo Conocimiento y el punto en que asoma la oportunidad de transformar la ignorancia devenida síntoma en el análisis en docta ignorancia, por la revelación de un no saber.

Apoyándonos en la idea borgeana de que la historia y la vida copian a la literatura, diremos que el lenguaje de las pasiones que habitamos fue copiado. Hoy hablamos recurriendo sin saberlo a su letra.

 

Emma Zunz

Emma Zunz, una joven de 19 años quiere vengar la muerte de su padre caído en desgracia por una estafa que no cometió según le dice a ella, solo a ella.

Debe matar al autor del desfalco, ahora dueño de la misma fábrica en la que ella y su padre trabajaron. Sabe el peligro al que se expone y toma precauciones. Debe encontrar una justificación para el crimen que cometerá. No es una heroína trágica. Se cuida de la justicia preparando una escena de violación. Tiene un temor casi patológico a los hombres pero ahora deberá pasar por uno para hacer convincente su historia ante la policía. Encuentra uno que está de paso por la ciudad y lo incita haciendo el papel de prostituta.

Luego de cobrar y romper los billetes se dirige a la fábrica. Pide hablar con el dueño con el pretexto de una huelga. En medio de la conversación lo mata.  Lleva a cabo su venganza pero la escena que repitió una y otra vez en su mente, no es como ella esperaba. En el momento culminante duda, y sigue adelante pensando que luego de haberse dejado hacer la “Cosa horrible” por el hombre de paso, la misma que su padre le hacía a su madre, luego de eso, no puede no matarlo. La cosa horrible, pasa por su cuerpo como un nuevo conocimiento que conmociona su idea de venganza y la hace otra, la duplica y la transforma. La venganza que ella creía estar ejecutando queda vulnerada, la certeza ciega se conmueve al no saber ya contra quién/quienes se venga. Cobra conciencia de su ignorancia a través del cuerpo y duda. Su flecha del tiempo, dirigida hasta allí al pasado, vacila y cambia de curso.

 

El otro duelo

Antes de la organización nacional, en un ejército de montoneras dedicado a venganzas con nombre de justicia, en el mismo bando conviven dos enemigos para tener más oportunidades de enfrentarse, para ejercer un odio cotidiano como esos matrimonios que Freud decía que no se divorciaban porque no habían terminado de vengarse. Hay una historia de afrentas de uno hacia el otro. Llega el día en que pierden una batalla y son capturados. El capitán del bando contrario, sabiendo de la inquina que uno tiene por el otro les dice que les va a dar la oportunidad de demostrar quién es el más toro. Van a dejarlos correr a ver quién gana pero inmediatamente después de degollarlos de parado. El cuento finaliza con los dos paisanos corriendo uno pocos pasos en un esfuerzo desesperado por ganar. A la inversa que en Emma Zunz, no hay nuevo conocimiento. La venganza aparece ejecutada en el mismo instante en que ambos corren desangrándose para demostrar quién de los dos Es más toro.

 

El Retrato de Dorian Gray  

Por último, si la venganza es la repugnancia de la voluntad contra el tiempo y su fue, como afirma Nietzsche, el retrato tiene todos los ingredientes para inscribirlo en esa pasión elevada a la metafísica. No se trata de la simple venganza de alguien contra quién lo ofendió sino de algo ubicado más allá de cualquier semejante. Es la repugnancia de la voluntad contra el paso del tiempo, es la tendencia a encontrar la identidad de percepción con la dignidad de una figura pasional.

 

Si el destino vacila en Emma Zunz gracias al Nuevo Conocimiento de la Cosa Horrible, en el Retrato encontramos a Wilde creando un mundo más real que el mundo, su pasión y su afirmación de lo Inútil; su deseo de trascender recreado en la figura del filósofo amante de la Belleza; interrumpido, cortado por la época, muerto por una pasión, en serie con otros poetas malditos. Lo encontramos anticipando el poder del cinismo y de una verdad descarnada, obediente al mal de ojo, que produce aburrimiento y tristeza.

Un cuadro de la época, escondido en el desván, tapado por cortinajes dorados, para que no se vea la deformidad de la guerra y el odio de Nuestra época Dorian Gray, joven, bonita y acicalada, amante del sopor; odiosa del Psicoanálisis.

El retrato se inicia en casa del pintor Basil Hallward, ocupado en ese momento en la terminación de su obra maestra, el cuadro de un bello joven que lo ha fascinado.

Lord Wotton, su interlocutor, pone especial atención al interés de Basil por el modelo, por el cuadro y las razones para no mostrarlo. Es tanto lo que puso el pintor en el mismo que se sentiría observado en algo que prefiere mantener en su intimidad.

Frente a estas afirmaciones, Lord Wotton manifiesta que es imperioso para él  conocer al mancebo.

Basil no puede evitar que Dorian conozca a Wotton y que este participe de la última sesión de pintura. Lord Wotton (Harry) le habla al joven sobre la caducidad de la belleza que el posee,  subrayando que ella es el bien más valioso.  Dorian se prenda de Wotton.

Se instala en el muchacho el veneno de las palabras de Harry muy diferentes de lo que el pintor ve en él.

La finalización del cuadro, lejos de provocarle placer, lo lanza a un sentimiento de dolor y confusión. Manifiesta frente al mismo que daría cualquier cosa con tal de permanecer siempre joven y que el cuadro envejezca por el.

El deseo se cumple y curiosamente el retrato va registrando el paso del tiempo pero solo en la medida en que Dorian comete vilezas al punto que cuando este apuñala el cuadro y se da muerte, su cadáver aparece completamente arrugado, como si hubiera llegado a los cien años y no a los cuarenta.

La velocidad del envejecimiento está marcada por la cantidad de iniquidades y asesinatos.

La mitad del libro, la meseta de la vida de Dorian está dedicada al relato de las colecciones de cosas hermosas con un tono de un tratado de arte decorativo.

Del propósito Wildeano del arte por el arte, de la fulgurante belleza que se despierta en la admiración de lo inútil, de la belleza concentrada en el latido de una frase, de eso no tenemos nada en Dorian Gray, ni en Henry ni en Basil el pintor.

La sucesión de cosas bellas que se desgranan página tras página en la colección fáustica de Dorian no despierta en el lector esa suspensión extática que acostumbramos experimentar frente a lo Bello. La joyería maravillosa, los gloriosos platos, la inmarcesible gloria de las vestimentas irónicas arrojan pálidos fuegos fatuos sobre una superficie resistente que inducen al bostezo.

Mientras caen las cuentas de pedrería y los soberbios salones imperiales de la aristocracia fingen escandalizarse con las intervenciones punzantes del mentor de Dorian, de Dorian mismo, en secreto, escondido, algo sufre en la oscuridad.

Sufre en el silencio de su velo, atrapado en el cuadro de su perfidia, corrompido en su vanidad. Dorian Gray no puede prescindir de esa alma suya almacenada en el desván y asegurada con candados.

Mientras, aforismos y paradojas juegan con las convenciones y la falsedad social.

-Vuelva UD. A cometer los errores de su juventud, así volverá a ser joven. – le dice Lord Wotton a una de las damas nobles de los salones.

 

La memoria colectiva y el libro

Puestos a evocar a Dorian Gray, siempre asociamos el deseo de eterna juventud. El libro comienza con esa punta pero luego se enmaraña en esas pasiones malditas causantes de la fealdad y la vejez.

En la memoria colectiva el nombre de nuestro personaje diremos, sirve para pacificar una pasión hecha de la crueldad con que puede mirarnos una conciencia arrasadora de la muerte y la descomposición, una conciencia del deshecho real en que nos convertiremos al fin de la vida. La memoria colectiva prescinde de esa mirada que en la novela encarna Lord Wotton

¿Pasión de hombres?, se verá si la flecha del tiempo toca también a las mujeres, a Psiqué por ejemplo perdida, en busca de su amor liquidado en otra pasión. Ella ya no disfruta del favor enmascarado, del don natural extraordinario  de su belleza como Dorian. Ella ya no tiene la promesa de felicidad infinita. Habiendo perdido a Eros por su desconfianza y curiosidad, es sujeto de un pathos que es su alma.

El seducido de nuestro libro, objeto bello y  caprichoso, no tiene la marca  de la desdicha de Psiqué.

Un olvido de la pasión maldita, afecta la memoria colectiva. En ella sedimenta la mirada del pintor y se excluye la mirada que llamaremos del Superyó para nombrar la de Lord Wotton.

En el libro en cambio es la mirada del arte, la que debe ser escondida y con ella el deseo del pintor devenido pasión amorosa. Ese punto débil de la mirada del pintor es el que aprovecha Lord Wotton para penetrar la débil capa de vanidad de Dorian, obligándolo a esconder aquello que hasta allí era secreto para el mismo: su destino fatal.

Dorian se corrompe en la maldición de algo verdadero que la mirada malévola e interesada reintroduce en su vida.

La belleza de Dorian obedece así al imperativo: se bello y cállate. El hábil seductor no se apoya en el elogio de su objeto sino en el poder de lo simbólico para evocar el silencio de la muerte y hacerlo callar. Basil afirma que nunca lo vio posar tan bien como esa vez.

Dorian posa y piensa. ¿Piensa? ¿O más bien transita ese mutismo anticipado que la vejez y la decrepitud anunciadas acercan lentamente a su corazón?

También es sujeto del pathos, de su alma cuando se entera de la caducidad de los dones de la naturaleza que tanto impactaban a Basil. Pero, a diferencia de Psiqué, renueva el don de la naturaleza vendiendo su alma al enmascarado que promete felicidad eterna en un pacto que lo condena a vivir separado de su alma.

¿Qué nos enseña este libro sino que esa belleza entendida como un bien comerciable es moral, que es el efecto de la mirada maldiciente del superyo que inmoviliza a Dorian en un sentido muy distinto a la mirada del pintor?

Es moral esa mirada porque apunta al grado cero del sujeto en que puede emitir una palabra y es insultado, vuelto al deshecho corporal que la vida contiene.

La mirada del superyó que Freud aproximaba a una alucinación, se presenta en  el cuadro velada por el bello tapiz, en algo que podríamos calificar de forclusivo; una mirada expulsada que retorna con su carga insultante desde lo real, con un mensaje verdadero.

Ilustración del superyó, no me toquen el bien  dice Lacan que dicen los Dorian,  diciendo que no les toquen lo bello.

Lo Bello que protege del mal y del horror, del vacío de la predicación con una figura del deseo que fatalmente lo indica en su arrojo; esa categoría de lo Bello parece muy otra cosa que los placeres sin deseo de Dorian, un soldado constantemente aspirado como sujeto.

Dorian existe y quizás sigue matando para conservar su secreto, su hedonismo sin otro, posando en silencio para el pintor de su corrupción, su Lord Wotton.

Diremos que lo que finalmente juzgó el poder imperial en Wilde fue su homosexualidad y que es en ese punto que El Retrato fue usado por la justicia inglesa como una prueba en su contra.

Así, el deseo de Basil, es el que debía permanecer verdaderamente oculto, era el único que atentaba contra la inmutabilidad del cuerpo. El libro anticipa esa experiencia vivida poco tiempo después por Wilde y relatada en De Profundis.

Eres un sodomita.

Un insulto que Wilde responde indignado y termina encarcelado y culpable mientras que otro, un francés llamado Rimbaud sobre sus relaciones con Verlaine, podría haber contestado; bien sùr, je suis un sodomite, quel est le problème ¿cual es el problema?.

Que la historia  copie a la literatura, que la vida imite al arte y que el arte sea la Realidad  eran para Borges los motivos de su admiración por Wilde; va en esto la admiración por su texto escrito en la cárcel, testimonio de un Habrá sido, habrá sido que murió al poco tiempo porque el sufrimiento era la única prueba de la afrenta que recibió, pero también un testimonio del olvido de sí en la obra.

 

Guillermo Vilela

Mayo 2006