El Cuerpo de la Monstruosidad: Entre el Insulto y la Maldición

Leí la novela esperando encontrar el monstruo en aquél cuerpo creado con restos de muertos, en la imagen de la criatura sin nombre, tal vez muy apegada a cierta imaginería frankensteiniana que el cine nos provee. Pero debo admitir que nada de eso me resultó monstruoso. La monstruosidad en la novela juega con nosotros a las escondidas. Sabemos que está allí, a veces tan visible que resulta imposible mirarla, otras tan profunda que accede a pasearse impune por la superficie. Pero ese algo oscuro, informe e inmundo que se nos escurre por las manos está presente y nos asedia en cada página. La criatura parece encarnar ese umbral de humanidad porosa a lo inhumano y la monstruosidad va tomando cuerpo. Pero ¿De qué cuerpo se trata? Ese cuerpo ¿es identificable con la criatura?

No hay en el texto mucho fundamento para afirmar que la monstruosidad se deje sostener en la imagen. El mismo Víctor Frankenstein, nos cuenta que eligió los rasgos de la criatura por hermosos, y su tamaño es consecuencia de la comodidad que daba lugar al apremio del científico por realizar su hazaña. Sin embargo en la escena misma de la creación algo hace obstáculo a que la obra de ingeniería humana sea bella y perfecta y es que esa imagen no logra cubrir el horror que está en juego. Víctor Frankenstein nos dice ¿Cómo expresar mi sensación ante esta catástrofe, o describir el engendro que con tanto esfuerzo e infinito trabajo había creado? Sus miembros estaban bien proporcionados y había seleccionado sus rasgos por hermosos. ¡Hermosos! ¡Santo cielo!. Su piel amarillenta apenas si ocultaba el entramado de músculos y arterias; tenía el pelo negro, largo y lustroso, los dientes blanquísimos; pero todo ello no hacía más que resaltar el horrible contraste con sus ojos acuosos, que parecían casi del mismo color que las pálidas órbitas en las que se hundían, el rostro arrugado, y los finos y negruzcos labios. (…) Lo había deseado con un fervor que sobrepasaba con mucho la moderación; pero ahora que lo había conseguido, la hermosura del sueño se desvanecía y la repugnancia y el horror me embargaban. Incapaz de soportar la visión del ser que había creado, salí precipitadamente de la estancia.

El horror es el resto de esa empresa y en la escena misma de la creación se ponen a rodar algunas palabras entre creador y criatura. Esto nos lleva a ubicar lo monstruoso, no ya en la imagen, sino en la palabra, en cierto tratamiento que tiene aquí la palabra. Así es como la monstruosidad es tartamudeada, entre lo que llamaré insultos y maldiciones, que también son palabras, pero que adquieren otros matices cuando operan en una escena como la que nos propone la novela, entre creador y creado; entre padre e hijo. ¿Es lo mismo el insulto que la maldición? Y si no ¿En qué consiste su diferencia? ¿Constituyen vías similares que dan entrada al sujeto a un mismo campo? ¿Incluyen o excluyen a un sujeto del campo de la palabra?

El insulto: “Eres sólo eso”

“Monstruo miserable”; “cadáver demoníaco”; “engendro”; “insecto despreciable”, “aborrecible monstruo” son las palabras que logramos recortar si seguimos en la novela los momentos en los que el creador habla de o a la criatura. ¿Acaso no se trata aquí de un insulto?

¿Qué hace que una palabra pueda ser considerada un insulto? Sabemos que toda lengua reserva un conjunto de palabras, aquellas que solemos denominar “malas palabras” con las que frecuentemente se identifica el acto de insultar. También sabemos que el uso de las mismas está sujeto a las condiciones y restricciones que cada época les imprime. Hasta aquí podríamos pensar que el insulto supone por definición decir malas palabras.

Sin embargo, algunos ejemplos desmienten tal afirmación. Cualquiera que haya tenido la oportunidad de escuchar a los adolescentes o en algunos casos ya no tanto, puede advertir que el nombre con el cual se rebautizan, es decir “boludo”, no reviste en ese contexto el carácter de un insulto.


M. Shelley. Frankenstein o el moderno Prometeo. Páginas 169-170. Editorial Cátedra Letras Universales. (El subrayado es mío)


Por el contrario, a veces parece un gesto cariñoso y un guiño confianzudo que los incluye en un grupo.

Otro ejemplo, en sentido contrario, nos lo aporta Freud en uno de sus historiales. Se trata del insulto que el “hombre de las ratas” cuando niño profiere a su padre. En esa oportunidad, se dirige al padre llamándole “lámpara, toalla, plato” Es decir que aún utilizando nombres de objetos, o tal vez por eso mismo, sin utilizar malas palabras, tiene un efecto insultante.

Si nos dejamos orientar por estos ejemplos, podemos pensar que la potencia de un insulto no es identificable a la palabra que lo vehiculiza, sino a una enunciación que le hace lugar. A. D. Weill trabaja el insulto en el sentido de una afirmación que intenta reducir al sujeto a un “tú eres sólo eso (…) nada más que eso” , es decir que el insulto engarza en su expresión un saber absoluto sobre el ser de un sujeto que lo reduce a ser sólo un objeto de deshecho, una palabra deshilachada por la que se deja representar.

Volviendo al texto que nos ocupa, vemos que para la criatura la monstruosidad baila al compás del insulto. Una escena activa el engranaje, “¡Como me horroricé al verme reflejado en el estanque transparente! En un principio salté hacia atrás aterrado, incapaz de creer que era mi propia imagen la que aquél espejo me devolvía. Cuando logré convencerme de que realmente era el monstruo que soy, me embargó la más profunda amargura y mortificación” . Como dice G. Agamben “el insulto es eficaz precisamente porque no funciona como un enunciado constativo, sino más bien como un nombre propio, porque llama en el lenguaje de un modo que el llamado no puede aceptar (…) Lo que ofende en el insulto es, así, una pura experiencia del lenguaje y no una referencia al mundo.”


S. Freud. Análisis de un caso de neurosis obsesiva “Caso hombre de las ratas”. Página 1466, tomo II. Editorial Biblioteca Nueva
A. D. Weill. En Los Tres tiempos de la ley. Pág. 32. Homo Sapiens Ediciones
M. Shelley. Frankenstein o el moderno Prometeo. Página 231. Editorial Cátedra Letras Universales.
G. Agamben. La amistad. Página 6. Adriana Hidalgo Editora.(El subrayado es mío)


Frente a su horror Víctor Frankenstein insulta y esa palabra anida en la criatura al modo de un “eres sólo eso”, un eso monstruoso que le retorna al mirarse. Sin embargo, a diferencia del creador, la criatura apela a la palabra y la pregunta ¿Era pues yo verdaderamente un monstruo…? lo conduce hasta quien considera su padre. Encuentra a Víctor Frankenstein a través de una libreta perdida, las únicas letras que cayeron en la escena de la creación. Y lo interpela por ese destino fatídico. La criatura habla y elige interrogar ese juicio que, desde el insulto, intenta reducirlo a la monstruosidad. El creador, entonces, elige maldecirlo.
La maldición: “No Serás”

“¡Maldito sea el día, abominable diablo, en el cual viste la luz! ¡Malditas sean – aunque me maldigo a mí mismo- las manos que te dieron forma” “¡Que el maldito e infernal monstruo beba de la copa de la angustia y sienta la misma desesperación que ahora me atormenta!” Como si el insulto no alcanzara a conjurar el horror, Víctor Frankenstein, redobla la apuesta y maldice.

Sabemos que todo decir resulta un clivaje entre un bien-decir y un mal-decir que solemos escribir con un guión que separa al bien y el mal del decir. ¿Qué sucede cuando la maldición busca soldar el mal al decir? Esto ¿construye la posibilidad de otro guión que pueda alojar a un sujeto? O por el contrario la maldición tiende a cancelar un guión posible? No olvidemos que todo el universo de la novela nos muestra a una criatura cuya única ligazón al mundo se reduce a Víctor Frankenstein, en una constante tensión especular que encuentra como único signo la pasión por la venganza.

Como disparadores para pensar de qué se trata en la maldición me permito recordar aquí algunas maldiciones que forman parte de nuestra tradición.


M. Shelley, Frankenstein o el moderno Prometeo. Páginas 343 – 344. Editorial Cátedra Letras Universales Página 238
Idem. Páginas 218 – 325


Dios maldice a sus criaturas, Adán y Eva: “A la mujer le dijo: “Multiplicaré tus sufrimientos en los embarazos. Con dolor darás a luz a tus hijos, necesitarás de tu marido, y él te dominará” Al hombre le dijo: “Por haber escuchado la voz de tu mujer y comido del árbol del que yo te había prohibido comer: maldita sea la tierra por tu culpa”.

En el sitio consagrado a las Euménides, Edipo maldice a su hijo Polinice. “¡No vencerás, no! Caerá tu cuerpo ensangrentado y mancharás la tierra que te dio la vida con tu inmunda muerte. Y tu hermano, al igual. Esta es mi maldición. (…) ¡Fuera, pues…lejos, lejos…tu padre te maldice, maldito en todo y sobre todos!

Los dirigentes de la comunidad, en su decreto de excomunión a Baruch de Spinoza“Excomulgamos, expulsamos, execramos y maldecimos a Baruch Spinoza. (…) Maldito sea de día y maldito sea de noche; maldito sea cuando se acuesta y maldito sea cuando se levanta; maldito sea cuando sale y maldito sea cuando regresa. (…) El Señor borrará su nombre bajo los cielos y lo expulsará de todas las tribus de Israel abandonándolo al Maligno con todas las maldiciones del cielo escritas en el Libro de la Ley”.

A riesgo de perder la especificidad que de cada una de ellas emana, me pregunto qué podemos escuchar en estas maldiciones. Todas parecen tener un mismo signo topológico: pretenden excluir a quien resulta ser objeto de la maldición de algún sitio: Paraíso, Sepultura, Comunidad. Además son proferidas por quien encarna un lugar eminente para el sujeto que es objeto de la maldición: Dios, Padre, Comunidad.

Cuando es interpelado por la criatura, quien le pide a su creador una mujer para amar, para amarla en el exilio de una existencia monstruosa pero existencia al fin, Víctor Frankenstein profiere su maldición. Sus maldiciones reniegan frontalmente de la existencia de la criatura, acaso como el último

La Biblia. Ediciones Paulinas Verbo Divino. Génesis. Página 55.
Sófocles. Edipo en Colono. Página 177. Editorial Porrúa.
B. Spinoza, Decreto de excomunión de Baruch de Spinoza, en Las cartas del Mal. Pág. 104, Editorial Caja Negra.

intento desesperado de desembarazarse de su creación. La maldición aquí ¿no genera un afuera? Y de qué intemperie puede tratarse?

Refiriéndose a la maldición de Edipo a su hijo Polinice, A. D. Weill se pregunta ¿El acto de maldecir no es un acto que renuncia a la asunción del significante? . Si el maldecir es cercano a una renuncia tal, podemos pensar que la exclusión de la que se trata en la maldición es del mundo de la palabra. Un repudio al guión que, a la vez que separe el mal del decir, auspicie un intervalo que podrá hacer advenir al sujeto a un guión posible. La maldición renuncia a guionar, desguiona si es que así puede decirse o tal vez mejor será darle la palabra a la criatura: “Pero es así, el ángel caído se convierte en pérfido demonio. Pero incluso ese enemigo de Dios y de los hombres tenía amigos y compañeros en su desolación; yo estoy completamente solo. (…) Yo, el infeliz, el proscrito, soy el aborto, creado para que lo pateen, lo golpeen, lo rechacen”.

Retomando las preguntas del inicio, es posible ubicar respecto de la maldición y el insulto algunas diferencias. El insulto resulta un modo de incluir a un sujeto en el campo de la palabra. Un modo que lo reduce a ser “sólo eso”. Sin embargo, no por desdeñable deja de operar como una vía que recorta un campo en el cual el sujeto pueda alojarse. La criatura al hablar da testimonio de eso. Una vez inscrito el insulto, será tarea del sujeto, “consagrar su vida al goce mortífero de encarnar “el ser” de tal miseria” o elegir contradecir el imperativo que lo ha constituido. Por el contrario, la maldición, cuando es proferida por quien debía encarnar para el sujeto la función de un padre, lo excluye del campo donde pueda existir la esperanza de una palabra.

Entonces insulto y maldición producen, cada uno a su modo, una herida por donde sangra monstruosidad. Lo monstruoso se vuelve de ese modo silencio de silencio al cual es reenviado el sujeto, perdiéndose como finaliza la novela, en una oscuridad que escamotea la noche.


A. D. Weill. En Los Tres tiempos de la ley. Pág. 88. Homo Sapiens Ediciones
M. Shelley. Frankenstein o el moderno Prometeo. Páginas 343 – 344. Editorial Cátedra Letras Universales.
A. D. Weill. En Los Tres tiempos de la ley. Pág. 32. Editorial Homo Sapiens Ediciones


Valeria González
cvalegonzalez@yahoo.com.ar
Junio de 2007
Bibliografía
 A. D. Weill “Los tres tiempos de la Ley”
 J. Lacan. Seminario 5 “Las formaciones del inconsciente”. Capítulo XXVI “Los circuitos del deseo”. Editorial Paidós. Buenos Aires, 1999.
 J. Lacan. Seminario 7 “La Ética del Psicoanálisis”