Decir compañero

“Compañero” es un término de uso extendido, algo vanalizado muchas veces, que generalmente se utiliza en el sentido de la compañía o en el de compartir algún espacio o actividad en común. Suele tener también aristas afectivas que pueden graduar la cercanía o la distancia con otra persona. Bastante diversificado en el uso, puede haber compañeros de trabajo, de estudio, de militancia, los del amor y los de la vida, etc. En ese sentido el término compañero parecería designar un compartir que se nos vuelve inteligible, preclaro, tenemos con el otro algo en común que se comparte: un trabajo, un espacio, una idea. etc. Sin embargo hay algo de esa comunidad particular entre un sujeto y otro que no resulta del todo evidente. ¿Qué es eso común que se comparte y que hace que, en algunos contextos el término “compañero” se constituya en performativo? ¿Qué tipo de cercanía crea la designación “compañero” cuando adquiere esa potencia?

¿Acaso no hay personas a las que no podemos llamar de otro modo más que con el término “compañero” si queremos hacer justicia a ese modo del encuentro? Llamar a alguien de esa manera en algunos contextos y momentos produce una cercanía sostenida en la particularidad de eso que nos acomuna en ese instante. Podemos saber poco de la vida de esa persona excepto esa porción, ese cachito que compartimos y nos reúne en un espacio que se vuelve común y que sentimos como propio, sin poder ya desconocerlo.

Eso común que compartimos, eso que consideramos tan propio y nos vincula en un lazo de compañeros, no es sólo la actividad, ni el trabajo, ni las ideas, ni el amor. Eso común que se comparte con un verdadero compañero, eso más propio de cada uno es también lo más impropio: es esa porción de mí que sólo es posible recuperar en parte cuando se hace honor a la deuda de ese lazo. Esa es la especificidad del lazo con el verdadero compañero y aquello por lo cual no a cualquiera es posible llamar y reconocerlo en ese lugar tan grave. Compañero es ese modo particular de la presencia de otros en nuestra vida. Es aquél con quien se comparte un cachito de ese algo que nos propulsa luego en el resto de nuestra vida. No sólo el pan como dice la etimología, sino también el hambre.

Jorge fue para mí un verdadero compañero. Poco y nada sabía de otras porciones de su vida por fuera de ese espacio que nos acomunó en nota azul. Pero su presencia de compañero me alcanza en ese puñado de frases que pasaron a ser mías o tal vez nuestras, un poco de todos. Esas palabras, esos gestos y ese modo tan singular de estar, de aparecer intermitente, de romper el silencio, de pensar y de querer casi como agazapado, ahora son nuestras, pero al pronunciarlas irremediablemente de él que ya nos hace falta.

Con todo mi cariño,

Valeria