A todo esto… ¿cómo está su alma?

Es una tarde de sábado de enero, límpida y fresca después de la lluvia, y estoy a solas, sin “pendientes”, rodeada de quietud y de silencio… un verdadero convite a dejarse llevar.

El jueves comí con mis amigas de siempre, Patsy y Loli. Fue grato y sabroso…mmm… conejito al vino blanco y helado de maracuyá; con buen vino. Durante la velada comenté que un allegado, con quien a la sazón me encuentro en situación de conflicto, había dicho que para hablar conmigo tenía que prepararse porque yo manejaba cierta dialéctica que lo dejaba en no sé qué suerte de precariedad. Enseguida Loli dijo que era cierto, que yo tenía un manejo intelectual que era no sé qué y no sé cuánto. Insistió sobre lo intelectual. Patsy, por su parte, agregó: Algo de tu profesión. Es verdad, dije yo. Es verdad lo de cierta dialéctica y lo del manejo, aunque yo diría maniobra. , dije, es verdad que tengo “un defecto profesional”: una maniobra significante que desconcierta porque tiende a dejar al desnudo la precariedad narcisista.

En el análisis esta maniobra propicia la esquicia del sujeto y la caída de los ropajes imaginarios del fantasma. ¡Y claro que desconcierta! pero también ilumina, porque abre una vía de paso para la verdad reprimida. De modo general y poético podría decirse que la maniobra analítica hace que tu cielo sea hendido por una luz de rayo y que por la hendidura, que es también herida, se cuele una verdad que te determinaba de manera inconsciente y que te atañe sólo a ti y en tu esencia.

Lo que “mi profesión” hizo conmigo, dije, fue hacerme perder el miedo a estar al desnudo, aunque provoque una forma ligera de la angustia. Aprendí que esa angustia es como un  aura que anticipa la oportunidad de encuentro con lo que es  verdadero para mí, y  entonces le perdí el miedo. Es posible que en mi diálogo con otros esto resulte inquietante,  no tanto por lo que digo sino porque no me da miedo decir. Pero como sea, aclaré, no se trata para nada de una cuestión intelectual. Eso que tengo trabajado por la experiencia analítica, como estudiante, como analizante, como analista y como enseñante, no es el intelecto: es el espíritu. El tema murió ahí, y la velada continuó entre bromas y recuerdos.

Me quedó rondando la palabra espíritu. Unos días antes la había pronunciado en una sesión con una joven psicoanalista, que cerraba el año analítico diciendo que sentía que algo había cambiado en ella y buscaba localizar ese cambio. Intervine diciendo: Algo cambió en su espíritu. Primero asintió, con ojos chispeantes de sorpresa, luego me miró extrañada: ¿qué hacía en boca de su psicoanalista un término de iglesia? Yo estaba encantada; chapoteaba en mi salsa. A ella sólo le dije: Bueno, también es un término de Freud; ¿se acuerda de Psicoterapia (Tratamiento por el espíritu)?

Y como una cosa lleva a otra recordé una sesión de pocos días atrás con otro paciente en la cual, y debido a que la metonimia de su discurso parecía no tener fin, pregunté: A todo esto, ¿cómo está su alma? La respuesta llegó con sorna: ¿Qué es eso del alma? ¡Otra vez estaba yo en mi salsa!, ahora con un sujeto muy distinto frente a mí, alguien con quien se puede practicar la esgrima. Dije: ¡Ah… claro!, como alma es una palabra de iglesia no la podemos usar en ningún otro contexto…  ¿acaso tendríamos que censurar la palabra alma para que nadie vaya a pensar que somos religiosos?… ¡Tenemos prejuicios! Más allá de los frutos que rindió en la sesión el devolverle al significante “alma” su capacidad de deslizamiento, quedé pensando otra vez en Psicoterapia

Busco el tomo 1 de las Obras Completas de Freud y leo el texto de marras, que empieza así:

Psiqué es una palabra griega que en nuestra lengua significa alma. Por tanto, el “tratamiento psíquico” [“psicoterapia”] ha de llamarse tratamiento del alma. Podría suponerse que se entiende como tal el tratamiento de las manifestaciones morbosas de la vida anímica, mas no es ése el significado del término. “Tratamiento psíquico” denota más bien el tratamiento desde el alma, un tratamiento  -de los trastornos anímicos tanto como corporales- con medios que actúan directa e inmediatamente sobre lo anímico del ser humano. […] Un medio semejante es, ante todo la palabra, y las palabras son, en efecto, los instrumentos esenciales del tratamiento anímico.

El profano […] supondrá, sin duda,  que se espera del médico una fe ciega en el poder de la magia, y no estará del todo errado, pues las palabras que usamos cotidianamente no son otra cosa sino magia atenuada.

Freud se dedica después a tratar el tema de la sugestión hipnótica, y  termina de esta manera:

La acción curativa de la sugestión hipnótica es, en efecto, un hecho real que no necesita de exageraciones encomiásticas. Por otra parte, es comprensible que los médicos a quienes la psicoterapia hipnótica pareció prometerles tanto más de lo que fue capaz de cumplir no se cansen de buscar otros métodos que permitan ejercer sobre el alma del enfermo una influencia más profunda o menos veleidosa. Es dable abandonarse a la certeza de que la moderna y concienzuda psicoterapia, que representa un novísimo renacimiento de viejos métodos curativos, habrá de poner en manos del médico armas mucho más poderosas todavía para combatir la enfermedad. Los medios y los caminos conducentes a tal objetivo surgirán de una comprensión profundizada de los procesos de la vida anímica, cuyos primeros atisbos reposan precisamente en las experiencias  hipnóticas.

O sea que podía apoyarme en Freud, en “el novísimo método curativo, que es un tratamiento del alma que se hace a través de una magia atenuada de las palabras”, para dar libre curso a mi manía de poner a jugar en el análisis las palabras de iglesia; manía que ya venía apoyada en el término Nombre del Padre, que siempre me resultó una exquisita incitación. Psicoterapia… es del año 1905; mucho después, y no sólo en el tiempo sino en el agua corrida bajo el puente, Lacan hablaba del “alma” como el objeto “a”, algo caído del corte del significante, que es pasible de reencuentro, de re-hallazgo.

Cómo está su alma es una pregunta que tiene sus ventajas. En primer lugar sorprende, porque lo habitual es preguntar cómo está usted y no cómo está su alma. Su sola enunciación descentra respecto del yo, produce un desdoblamiento; por un lado estoy  yo y por el otro está mi alma. El sujeto se escinde y el analista queda en oportunidad de terceridad simbólica. Lo mismo sucede con “el cambio ocurrió en su espíritu” porque entonces también hay esquicia. Entiendo que la pregunta propicia un movimiento de simbolización: del plano imaginario del yo y el otro, al plano simbólico del sujeto y el Otro. Estas interpelaciones, mencionen o no las palabras de iglesia, forman parte de cualquier análisis; propician cierta hendidura, cierto relámpago, por donde algo negado o no sabido podría ver la luz.

La pregunta por el alma interesa también un vaciamiento. La experiencia analítica conduce, en cada una de sus vueltas, al lugar de la estructura donde la falta en ser del Otro ha sido reprimida; conduce a la castración en el Otro, a la falta en ser del Padre Simbólico. En cada esquicia descansa la oportunidad de que la castración, vivida como una amenaza emanada del capricho del Padre Terrible del complejo, se escriba como legalidad simbólica que depende del Nombre del Padre, algo puramente simbólico y por lo tanto inerte, el Padre Muerto.

Como tan bien se deja ver en la escena íntima y nocturna del Hombre de las ratas frente al espejo que refleja la presencia fantasmal de su padre muerto, el neurótico reanima al Padre en el fantasma, y tanto lo reviste de ropajes ideales como de poderes que no tendrían límite en la voluntad de su goce. En cada vuelta del análisis se construye y se atraviesa el fantasma de “pegan a un niño”, el fantasma masoquista primordial que reanima al Padre Muerto como Amo del látigo en una escena inconsciente donde la humillación es el precio que se paga por el deseo de ser reconocido. El neurótico cree en la existencia fantasmal del Padre, y espera en vano que responda con un reconocimiento simbólico imposible. Si el Padre es Muerto, si el Otro es sin alma, no reconoce ni deja de reconocer, no espera que se lo complazca ni tiene la voluntad de que se cumpla su voluntad; no tortura, ni quiere ni no quiere, nada de vos. No desea; es solamente el sitio de la Ley.

Es precisamente a este campo vaciado de ser hacia donde se dirige la demanda última, la pregunta por qué soy en el amor y en el deseo. Pero si  este campo es simbólico, y por lo tanto está vaciado de existencia, entonces que no es que haya un alma que no quiera responderte, es simplemente que ahí no hay alma; eso es muerto. Ahí se ubica, quizá, la forma más radical del silencio del Otro; y en esa silenciosa soledad está tu alma ante cada acto de decisión. Si vale la pena intentar la experiencia del des-ser del Otro, la experiencia del desamparo que es más radical todavía que la experiencia de la angustia, es porque en ese silencio el alma encuentra el derecho a la palabra; esencialmente a la palabra “Yo digo que yo digo”, el performativo, que sólo se sostiene de tu alma.

Diría que en esto radica lo bendito de la función paterna. A la pregunta por ¿qué soy?, el Padre Muerto, es decir el Símbolo del Padre,  responde con un mensaje no sólo invertido sino también interrumpido: Tú eres… ¿Qué soy?, Tú eres…  ¿qué soy?… Y así, por no encontrar la respuesta en la respuesta que efectivamente te llama a ser, terminás por preguntar ¿qué quieres que sea? Allí se erige el fantasma de la servidumbre amorosa. El neurótico encuentra un solución imaginaria a la angustia que anticipa la cesión del objeto, llenando los puntos suspensivos de la frase con una identificación ideal al objeto, (i(a)), que tanto le sirve para seducir el deseo del Otro restándole carácter ominoso, como para sacrificar una buena porción de goce en beneficio de un goce supuesto en el Otro, que no existe. En los puntos suspensivos de la frase, que siempre inquietan y a veces llevan al pánico, la estructura inscribe la muerte del Padre, el significante del Otro barrado. En ese suspenso vive tu alma. Caído del corte del rasgo unario, caído de la palabra, el objeto “a”, y no alguna de sus formas imaginarias o simbólicas, el objeto “a” digo, tu alma, ex–siste en solitaria y finita singularidad.

A medida que el espíritu avanza en la experiencia analítica, advierte que la castración en el Otro es la mejor oportunidad para dar con su alma y deja de retroceder ante cada animación fantasmal de la amenazadora Mantis Religiosa, que ilustra la versión devoradora del fantasma del deseo del Otro. Deja de retroceder porque reconoce en la marca del vaciamiento, en la experiencia inquietante del des-ser, en la tachadura (/A), la vía que lo libera de la demanda y del deseo del Otro, (A), a los que estuvo primordial y necesariamente sujetado. Esta vía lo libera de la espera neurótica de un guiño del Otro, en la precisa medida en que se lo hace consistir como mirada en el fantasma,  desplegado siempre en el campo escópico.

Y tanto va este cántaro a la fuente analítica, tanto aprovecha el juego del automatón, que termina encontrando el alma por tyché. En la rotura, en la muesca, en la falla en el Otro, en su silencio,  termina por re-encontrarse el alma; algo real, pasible de re-hallazgo, caído del corte representado por la barra que constituye al Otro como mi inconsciente. En esa hiancia se termina celebrando la tyché del alma; diría el acontecimiento, la ocurrencia real e irrepetible de cada alma.

La experiencia del des-ser modifica el espíritu del que la atraviesa conduciéndolo, necesariamente, a un cambio de posición subjetiva respecto del ser. La castración se anuda de otra manera: deja de ser un complejo de amenazas, de peligros, de culpas y castigos, que se argumenta en escenas calientes de goces de víctimas y victimarios. Es de esperar que el espíritu que atravesó la angostura de la castración en el Otro, encuentre la angustia reducida a una señal incómoda pero bienvenida. Si la angustia es señal del deseo, si es una señal del alma, el espíritu no se amedrentará, a sabiendas de que sólo en esa hiancia en el Otro es posible reencontrar el objeto “a”, causa del deseo, el alma real que habita por fuera del marco Simbólico-Imaginario del espejo del Otro.

Quedaría por decir lo siguiente. El profano, como decía Freud, alegará que esta modificación podrá ser muy valiosa en el ejercicio de la práctica analítica pero sería un abuso aprovecharla en la vida privada para maniobras sospechosas con allegados en conflicto. ¿No sería acaso psicoanálisis salvaje? A esto responderemos que sería posible que la experiencia analítica hiciera al espíritu más astuto en el cálculo de su maniobra en la lidia de las pasiones imaginarias y por eso está contraindicada en el caso de la canalla. El psicoanálisis no pretende proveer de mejores armas para que alguien se imponga en la batalla de los narcisismos de pequeñas diferencias; su incidencia es menos veleidosa. Aparece en la vida real como una posición ética. El espíritu que ha atravesado la segunda muerte liberándose de cualquier servidumbre, no traicionará la vía de su deseo, no se traicionará a sí mismo, no cederá en el deseo. Podrá considerar otro deseo, podrá incluso querer complacer los anhelos de otro, pero en ningún caso negociará su alma. Quizá sea esta modificación en el espíritu lo que pone al otro de la vida cotidiana en una situación que resultará más o menos incómoda según cómo esté su alma; es decir según cuánto haya avanzado en la vía de su deseo, que es vía de privación, y cuánto haya quedado suspendido entre la espera de una satisfacción ideal siempre decepcionada, y el sentimiento iracundo de la frustración  que la acompaña.

 

Nora Casas