La dignidad del duelo

El título de estas jornadas, como ya todos sabemos es “El síntoma en cuestión”. Como no voy a hablar de un síntoma, necesité pensar por qué este título me llevó a elegir el recorte que hoy voy a presentar abocado, como lo indica el nombre, al duelo. Y entonces empecé por el principio. Me detuve en entender la frase “en cuestión” referida, en este caso al síntoma, y pensé que esa frase puede leerse de dos maneras bien diferentes: algo que es cuestionado o por el contrario algo que es destacado. Como intuirán el sentido de estas dos lecturas orientará direcciones clínicas bien distintas en torno al síntoma. Pero me pregunto ¿sólo en torno al síntoma? Creo que no. Se trata, en todo caso, de dos lógicas opuestas, diferenciadas respecto al modo de pensar la falta.

El síntoma, un decir que se articula por la vía significante recortando una relación del sujeto con su goce, adquiere bajo la perspectiva del psicoanálisis el valor de una singularidad. Se padece, pero a su vez porta las marcas para su acceso en la clínica.

Sabemos los estragos que producen las intervenciones que piensan al síntoma a la luz de modelos como el médico entendiéndolo como signo de la patología que hay que curar y, por lo tanto obturarlo, eliminarlo. Cuanto menos desoírlo en nombre de un saber sin fallas y generalizable. El síntoma así se encuentra cuestionado, conjurado. El bien, la salud y la normalidad hacen gala aquí de una moralidad que deja extraviado al sujeto.

En cambio, entiendo que hacer del síntoma la cuestión es, de alguna manera, devolverle su dignidad. Esa que algunos discursos y el horizonte de esta época le restan al silenciarlo, adormecerlo o sobre medicarlo. Si se trata entonces de una política respecto de la falta ¿Qué sucede cuando es la función del duelo la que está puesta en cuestión?

Con esta pregunta entonces, tengo la oportunidad de escribir sobre algo que sucedió hace algunos años. Se trata de un instante que formó parte de los inicios de mi práctica. Una escritura que me debía y que, por qué no, hoy escribo en homenaje a la memoria de quien llamaré Virginia.

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C. Valeria González
Septiembre, 2011